sábado, 7 de julio de 2018

Hace un tiempo, sin darme cuenta, caí en tu interior. Como Alicia, me precipité hacia un reino misterioso que yo tenía por inexistente, donde en lugar de naipes encontré letras, puntos y comas, además de los rosados visillos de tu cuerpo. Fue una aventura extraordinaria para conocerte, para entender los relatos breves de tu cuerpo, visto en la totalidad de tu abecedario. Esa andadura por tu fantástico espacio llegó a su fin sin yo saberlo, y tuvieron que ser los dedos de tus pies quienes me llamaran desde abajo y desde afuera. No sé explicar aún cómo dejé tu interior ni cómo me encontré observándote, igual que se observa a un niño dormido o a un pez de agua dulce en el estanque. Sí, debía de hacer poco tiempo desde que abandoné tu interior por alguno de tus complejos poros. Digo yo que son complicados porque si no recordaría por dónde te dejé interiormente para estar en tu presencia, frente a ti mientras hablabas con unos y con otros, mientras yo caía en éxtasis contemplando tus deditos. De haber sido un camino fácil, yo conocería sus entradas, o reconocería sus vericuetos, lo mismo que terminé leyendo tu interior. Pero las cosas no son fáciles cuando nosotros las vemos difíciles, y yo te he visto a ti siempre con muchos escondrijos, mientras yo soy plano como la carta de una baraja. Así que, sin querer, delante de ti me quedé colgado de tus deditos. Esto parece una paradoja, desde luego, porque recuerdo que estabas de pie, hablando y riendo, pero de pie, y estando así es imposible que yo pudiera colgarme de tus dedos, pues teniendo tú los pies en la tierra, yo no puedo colgarme de tus verticales extremidades. Esto es de cajón cuadrado de madera, lo mismo que el folio de mi ordenador es también un paralelepípedo. Por eso me fijé en tus deditos, para no tener que colgarme de tu belleza, porque si hubieses estado tumbada, habría auscultado las plantas de tus pies, o la línea de tu cuerpo que va desde la sien, las costillas, y la cadera hasta llegar a los tobillos. No digo yo que esa inspección no reportara beneficios a mi espíritu, pero, no es la pista que yo seguí para plántame a tu lado, porque lo que realmente sucedió es que yo estaba delante de ti maravillado con tus deditos. Es cierto que tu cuerpo es un filón, pero una cosa es la belleza exuberante y otra bien distinta es lucir rojos rubíes como dedos. Ese descubrimiento me ha cambiado la perspectiva de mirarte. Con anterioridad al hallazgo, te he observado de frente buscando una peca parlanchina que me contara cosas de ti, o he interrogado a tus manos buscando una explicación a tu alma complacida. Pero a partir de ahora inclinaré la vista a tus pies para que me guíen luminosos por tu corporeidad. De esa forma, he emergido de tus vueltas y revueltas para estar sin rodeos suspendido de tus deditos carmesí naranja. Pienso ponerme en primera fila de la revolución de Los Amores, y con su pancarta blanca enarbolaré la poética de los deditos festivos que parlotean con los admiradores. Porque hay que ver lo que dicen de ti esas pizpiretas articulaciones. Porque además de decir cosas simpáticas y prometedoras, modelan a los pocos que en ellos hemos caído, y nos hacen mejores y más comprensivos. Así es como los contemplo, admirándolos con regusto, y en ese gesto admirativo me veo tan natural como tus dedos. Ese ten con ten entre la coquetería y el pensamiento es de lo mejor que tú y yo hemos logrado, tú con la moderación de un estandarte que se deja mecer al viento, y yo con mis apuntes al natural de lo sobrenatural que en ti admiro. Porque ciertamente son los apéndices de tus pies un colosal desafío al paseante despistado. Por mi parte, cuando estoy contigo jamás estoy en Las Batuecas, pues el jolgorio de la belleza lo he encontrado frente a frente, sin viajar a las Quimbambas para quedarme boquiabierto. A partir de ahora, además, cuando te vea, haré una reverencia respetuosa, no porque desee ponerme a tus pies, sino porque buscaré divertido los destellos colorados que a modo de pendientes adornan tus piernas de fresa. Qué idea más original has tenido luciendo esa alegre hermosura en los pies, mientras tus orejas se ocultan tras la dorada foresta, cediendo protagonismo a tus dedos, reclamando la intimidad de los susurros. Claro que, el otro día, adiviné unas diminutas frambuesas tras tu pelo, pero me parece a mí que no eran sino el reflejo de esos diez farolillos que te iluminan y adornan. Bueno, he dicho diez cuando en realidad conté un total de ocho, pues los otros dos, perdidos en su minúsculo misterio, quedaron acurrucados tras la penitencia de las sandalias. Pero no me conformo sin verlos, y dado lo incierto que puede ser besarte, aspiro a tomar tus pies en mis manos para regodearme de ti a través de sus prismáticos. En realidad los dedos son la atalaya de la sensualidad, a través de la cual llegamos al amante por el acantilado de sus formas. Es un punto de partida para amar, y en lugar de comenzar por las alturas que propician la caricia y el beso, nos colocan en la perspectiva del humor pícaro y revoltoso. Tus dedos cuentan mucho de ti, y yo para tenerlos de mi parte, he pensado contarles la historia de los Cinco Deditos. Cuando me inviten a una fiesta, me situaré tras el burladero de tu pie, mirándote interrogativo y burlón. Comenzaré por el meñique, asiéndolo como a una porcelana, y con voz levemente cantarina y tenue, le diré: Érase un poeta de provincias a quien nadie había dado un beso. Este dedito tan pequeño se fijó en él y consiguió su teléfono; este otro, algo más grande, lo llamó y le dijo “hazme un poco de caso”; el tercero coqueteó con él, le mostró su sonrisa; el cuarto dedito conquistó al poeta sentimental y lo metió en el bote de su corazón; y el quinto dedo que era el más grande, le besó y le besó como a la luna y ya no le soltó. Espero que el cuento de los Cinco Deditos te haya gustado, aunque es mucho mejor contarlo de verdad que escribirlo de mentirijillas, pero no es menos cierto que no sabemos con certeza donde se encuentra la incertidumbre del cortejo, si en tu interior, si en tus deditos, si en la combinación de mis pensamientos y tu sonrisa. Como eso es un misterio digno de ser averiguado, vamos a pasear alegres por la vereda, esperando descubrir motivos para seguir el rastro que nos dé sentido.

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