sábado, 14 de diciembre de 2013

El único baile

El baile es el regocijo de un silencio. Hay un baile lleno de expresión y otro que se ansía íntimo, pleno de emoción e intensidad. Es de este capricho del que quiero hablar, después de que la noche danzara en un sueño derviche. El baile es el deseo inalcanzable, una conciencia que despierta y se abre al otro, una plasmación fugaz de lo que se ha imaginado. La danza es lo que se ve y, sin embargo, su esencia aparece oculta. Es un discurso del pensamiento, un poema, un pasquín aterciopelado. Bailar es el alarde de lo callado. Cuando escribimos, al mirarnos, la armonía se hace presente y se muestra. El baile, por el contrario, es la implosión de la belleza en el regazo. Al bailar, los objetos que rodean a los danzantes se transfiguran, y la música les invita a ser lo que aún no son ante sí mismos. Bailar es una proclama impronunciada, un acontecer que al decirse, celoso de su intimidad, vence a la timidez de los bailarines. “Dance me to the end of love” nos ha cantado el poeta Leonard Cohen. En su canción nos pide que le permitamos ver la belleza de un baile con su amada, cuando todos los invitados se hayan ido. Esa imagen es el misterio del que también quiero hablar. Es una visión perturbadora que estremece. La soledad, la entrega libre al otro, la sensualidad que se reclama en un instante y en el siguiente. Al pensar en un baile tan íntimo, sin querer, viajo a la nostalgia de mis primeros escorzos. Aquellos ejercicios en el albor de la vida no dejaban de ser una liberación torpe y audaz de mi ímpetu imperfecto. Es la experiencia la que modela nuestros deseos, es el paso del tiempo el orfebre de nuestras rendiciones. Y cuando ese transcurrir se muestra herido, entonces creemos ver la belleza. Sin embargo, carezco de resistencia ante esa poderosa imagen. Un baile íntimo, pausado, en una sala derrotada en su infinidad, en la penumbra de un piano sin indolencia, testigo de un acto único. Es una atracción poderosa, indulgente. Unicidad y dualidad. ¡Qué hermosa paradoja! Al contemplar el baile, desde la grada de la admiración, éste se da a conocer como un corolario sin prueba, una reafirmación íntima y solitaria. Me refiero al iniciático baile, a la celebración solemne de un estreno. Ese instante es un encadenado de otros actos que lo preceden: el primer encuentro casual, el primer café juntos… Es un hecho que sobresale sobre los otros, como la última palabra de una carta, pues una vez redactada, cada verbo, cada expresión, necesita del otro, y lo sigue; hasta que finalmente nos despide. Entonces, el baile cobra sentido, muestra todo su poder a los danzantes, y al hacerlo, les persuade a moverse, a creer en ellos mismos. Cuando esa fuerza irrumpe íntimamente, el baile ha redactado ya sus versos. Los protagonistas se sueltan lentamente, y una mirada sin prórroga se despide con la tristeza de la pérdida, con el gozo de un instante conmovido.

1 comentario:

Raquel Lazaro dijo...

Me encanta bailar. Y tras la lectura de tu escrito, ahora le encuentro el sentido a tanto placer.